La Confesión

Por Zadí Desmé
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La confesión es el sacramento en el cual, por medio de la absolución del sacerdote, recibimos el perdón de nuestros pecados si nos confesamos arrepentidos.

Hace unos días estaba solo en un restaurante, tomando un café, a mi lado había un grupo de amigos que al parecer discutían “el por qué, el colegio católico de sus hijos los obligaba a confesarse”, los niños estaban haciendo la primera comunión y ellos tenían que acompañarlos. Uno le decía al otro, por qué tenía que contarle sus cosas a un tipo que es tan pecador como él, y con tanta cosa que está pasando hoy en la iglesia, con menos razón se confesaría. Otro intervenía y les decía que eran parte de una comunidad y tenían que cumplir con sus reglas.
El final uno que tenía más claro el tema, les manifestó que está muy claro que para interpretar la
Biblia, es necesario usar más de un versículo, hay que analizar el contexto; ya que al aceptar la fe Cristiana se aceptan los lineamientos que esta da y si a uno no le parece, no significa que uno no lo deba hacer, los gustos y los pareceres no son mandamientos de Dios y no me pueden salvar. En una forma objetiva no es lo que nos parece, lo que importa es lo que le parece a Dios y lo que debemos hacer.
El tema me quedo dando vueltas por la cabeza y esa noche al llegar a mi casa, me puse a investigar sobre el por qué uno se tenía que confesar.
La confesión es una obligación para todos los católicos, tiene que realizar como mínimo una vez al año y fue constituida por el Papa Inocencio II, en el concilio de Letran en año 1215 D.C., para algunos historiadores una época complicada de la iglesia donde existieron dos aparentes Papas, uno nombrado por la familia Frangipani y otro por los Pierleoni.
La iglesia siempre ha concedido el perdón a sus feligreses y combatido a los que se negaban a aceptar sus pecados y obtener el perdón celestial, en los casos de homicidio, adulterio y apostasía. No hay pecados irremisibles.
Hasta el siglo VI solamente se confesaban tres delitos: apostasía (Idolatría), homicidio y adulterio, posteriormente robo, cuando se habían cometido en público y ocasionando por tanto un grave escándalo. Los otros pecados se perdonaban por mutua reconciliación, por oración, la penitencia privada, buenas obras, etc. el pecador conscripto se solía inscribir en la lista de los penitentes; siendo separado de la comunión.  El hacia su confesión secreta con el obispo, el cual le imponía actos de penitencia que tenía que cumplir en público, esta penitencia podía durar semanas, meses, incluso años, en algunos casos el pecador no podría casarse y en algunos casos no volver a casar. Esta absolución se impartía solo el jueves Santo y esta solamente se podía recibir una vez en la vida. Hacia los años 600 bajo la influencia de los monjes orientales e irlandeses, se introdujo la costumbre de confesar también los pecados ocultos. La absolución se daba en estos casos inmediatamente después de la confesión, no era pública ni se impartía un día determinado del año.
Desde el siglo VII al XII, en los monasterios de Irlanda, Escocia e Inglaterra se establecía una
penitencia bien determinada, como castigos corporales, veladas prolongadas, oraciones largas, ayunos, limosnas y peregrinaciones entre otras.
En el siglo XII se interpretó del Antiguo Testamento lo siguiente: “Tendré misericordia de quien tendré misericordia y me apiadará de quien me apiadaré”, Éxodo 33,19, por lo tanto el perdón de los pecados venia de Dios
En la primera carta de Juan se nos enseña que el pecado se perdona confesándolo “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarlos de toda maldad” 1Juann 1,9. Esto es a la luz de la cita de Éxodo. 33,19. Esto nos lleva a responder en parte de qué modo hemos de obtener el perdón de los pecados, el Éxodo nos dice que hade ser objetivo, la primera carta de Juan nos enseña que ha de ser por la confesión.
Al final del Evangelio de Juan tenemos la respuesta “Y habiendo dicho esto, soplo y les dijo. Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis les son retenidos”, juan 20,22-23.
En Marcos 2,7 encontramos el gran interrogante en labios de los escribas. “¿Por qué habla este así? dice blasfemias. ¿Quién  puede perdonar, sino es solo Dios?  Ahora bien, dado que Cristo es hijo de Dios, con todo derecho puede decir de: “El hijo del hombre tiene poder sobre la tierra para perdonar
los pecados” Marcos 2,10 Jesús ejerce dicho poder: “Hijo tus pecados te son perdonados” Marcos 2,5
Para la Iglesia Católica el perdón de los pecados realizado a través de los sacerdotes es como si el propio Jesús lo hiciera, no es un simple encubrimiento de la culpa o una mera condonación de la pena, sino un perdón real del pecado de acuerdo al Concilio de Trento sesión XIV DC 1668 , 1703. Siempre ha tenido conciencia de poder perdonar los pecados cometidos después del bautismo, aunque en los primeros siglos se ejerció este poder con cierta severidad. Para el mundo no católico, la confesión se vio como un acto de control.
Pero algo hermoso rescate de todo este tema de la confesión, algo que me lleno y del que quiero compartir:
En una de las catequesis matinales en Plaza de San Pedro ante miles de fieles presentes, el Papa Francisco explicó la importancia y la necesidad de confesarse; y respondió a los que creen erradamente
que basta confesarse “solamente con Dios” sin acudir a un sacerdote.
El Santo Padre comentó en su alocución que “alguno puede decir: ‘Yo me confieso solamente con Dios’. Sí, tú puedes decir a Dios: ‘Perdóname’, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote”.
“‘Pero, padre, ¡me da vergüenza!’. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco 
de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un ‘senza vergogna’ un ‘sinvergüenza’. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona”.
El Papa resaltó luego que “desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas –también la vergüenza– pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión”.

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