El Paraiso por Zadi Desme






Dedicado con mucho  cariño a mis adorados hijos y en especial a una mujer maravillosa, la querida y recoda tía Carmen.



En nombre del progreso y el desarrollo los seres humanos hemos venido destruyendo lo que a la tierra le tomo millones de años crear, lo triste de todo, es que pese a las miles de señales que nos da la madre naturaleza, aún seguimos ciegos, no paramos de contaminar y destruir nuestro entorno; no hacemos nada por parar esto, al contrario, nos esforzamos en hacerlo cada día peor.
Contaminamos la tierra y los mares, quemamos los grandes bosques en consecuencia los glaciares milenarios se están derritiendo, las sequías han aumentado en muchas partes de nuestro planeta y en otras las tormentas han crecido en su intensidad a causa del cambio climático, del cual somos causantes. Hemos hecho oídos sordos a los avisos de la naturaleza, que con distintas señales nos está tratando de decir que aún podemos remediar el daño, que aún tenemos una oportunidad.
Tenemos que tomar conciencia de una vez por todas, hay que cambiar el futuro negro que se avecina, no dejemos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos sufran por nuestra indiferente ignorancia, no se lo merecen.
No destruyamos nuestro único hogar en este vasto universo.
¡Juntos marquemos la diferencia y detengamos la contaminación!

Zadí Desmé

EL PARAÍSO


Por
Zadí Desmé
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Nunca sospeché que mi vida cambiaría tanto en un viaje de vacaciones no deseado; mi hermana y yo fuimos llevados casi a la fuerza a la casa donde creció mi padre, lejos de la ciudad, en un pequeño valle al norte llamado “El Paraíso”, lugar donde la palabra civilización parece tener un significado opuesto.
Luego de varias martirizantes horas viajando en nuestro pequeño auto, deshidratados por el sofocante calor, sin aire acondicionado, salimos de la carretera principal y tomamos un camino de tierra que nos lleva por una ruta desértica rodeada de dunas y extrañas plantas que solo crecen en la arena, finalmente puedo ver algo de civilización, una larga calle atraviesa esta ciudad fantasma, no se veía gente, los negocios estaban cerrados, un viejo teatro anuncia la cartelera de una película de los años 50, la única heladería tenía un letrero “Se Vende”. 
La plaza de Armas estaba custodiada por cuatro enromes palmeras, la catedral y la estación de policía hechas de adobe se caían a pedazos producto del paso de los años y los terremotos. Salimos de la plaza y en la puerta de una casa, un señor gordo sentado en su silla nos saluda, hay tristeza en sus ojos. Por el camino solo veía casas despintadas y puertas cerradas, uno que otro perro buscando sombra. Poco a poco fuimos dejando la ciudad y llegamos hasta una explanada, se apreciaba desde lo alto un escalofriante acantilado, la estrecha carretera nos obliga a bajar por una empinada cuesta que se apega al borde del cerro. Desde mi lado se podía apreciar la imponente forma de herradura que tenía la playa con sus bellos bordes de blanca arena, había que admitirlo, era una hermosa vista. El constante retumbar de las olas era una sincronizada sinfonía sin fin, que se acoplaba a la burbujeante y blanca espuma que se fusionaba con el inconfundiblemente olor a mar.
Abajo corría una carretera de tierra que dividía a la playa con las casas, era de un color oscuro compactada por la melaza de caña de azúcar que se utilizaba para que los vehículos no levanten polvo. Una vieja casa pintada de azul claro sobresalía del resto, era la casa de la tía Carmen pegada al cerro como todas, al frente corría un descuidado malecón, destruido por el pasar de los años que servía de paseo para los pocos habitantes que quedaban, pero aun así,  le daba un toque señorial al lugar, recuerdo de su bello pasado. 
Por mi corta edad no entendía por qué, mi madre nos torturaba llevándonos de vacaciones a este lugar, separándome de mis amigos, era algo que me costaba asimilar.
Lo que yo ignoraba era que nuestra situación económica no era buena, mi padre se mataba trabajando, recuerdo que él siempre nos decía “las cosas ya mejoraran, el próximo año será mejor”.
Mi madre trataba de no pedirle dinero a mi padre, era una experta en crear cosas de la nada, lo inservible lo convertía en servible, su imaginación y entusiasmo no tenía limites, podía crear un castillo de la nada.
Mi hermanita y yo, a esta edad, no entendíamos sobre problemas de dinero, estábamos en la época en que pensábamos que todo lo que existía en el mundo estaba hecho para ser tomado por nosotros, lo peor era que algunas veces, injustamente, creíamos que era obligación de nuestros padres darnos en el gusto, sin pensar que lo único que hacíamos era martirizarlos.
— ¡Llegaron mis niños!, ¿Cómo les fue en el viaje? —gritaba alegremente la tía Carmen, ella era muy feliz recibiendo a los hijos de su sobrino favorito.
La tía crió a mi padre desde muy niño, siempre lo escuchaba decir a él que gracias a ella había podido salir adelante. 
Luego de muchos abrazos y besos nos instalarnos en nuestra habitación, los muebles parecían tener más de 100 años, Martina y yo comenzamos a abrir los cajones del ropero para ver que rareza encontrábamos, lo único visible eran las bolitas blancas de naftalina que protegían las sabanas y cubrecamas guardados en este, la habitación estaba perfectamente pintadas de un verde agua y el alto techo de un blanco invierno. Aquí durmieron muchos antes que nosotros, los padres de los abuelos de mi padre, mis abuelos y algunos tíos, era un cuarto con mucha historia.
¿Maximiliano aquí hay fantasmas? —pregunta mi hermana
Mira Hermanita, si los hay, deben ser buenos, además deben ser nuestros parientes. No te preocupes, no nos molestaran.
 El almuerzo fue servido como siempre a la una en punto de la tarde, lo único que me molestaba era la estricta etiqueta de la tía Carmen, teníamos que estar bien peinados y sobre todo vestidos adecuadamente, estaba prohibido sentarnos a la mesa con sandalias y  ropa de baño. Mi padre nos contaba que de niño, cuando él llegaba unos minutos tarde era enviado a la cocina a almorzar con el mayordomo y la cocinera, ya no era admitido en el comedor. Lo que no entendía papá era por qué en la cocina almorzaban cosas distintas a las que servían en la mesa; me confeso que le gustaba más la comida que almorzaban los criados, era rica y más sabrosa, había más vida y risas en la cocina que en el comedor. 
Mi madre no dejaba de contarle a la tía lo bien que nos había ido en el colegio, a su vez la tía expresaba lo orgullosa que estaba de nosotros, nos hacía prometer que siempre vendríamos a visitarla, ya que ella detestaba la ciudad con su bullicio y toda su gente desquiciada que solo sabían correr apuradamente de un lado para otro.  Martina y yo nos miramos riéndonos, estábamos pensado exactamente lo mismo ¿Quiénes eran los desquiciados, los de aquí en El Paraíso o los de la ciudad?
Juan el mayordomo comenzó a recoger los últimos platos, mi madre y la tía seguían conversando, mi madre la ponía al día con los últimos chismes de la gran ciudad; Martina y yo pedimos permiso para ir a jugar a la playa.
— “Mucho cuidado con ir a las peñas o a los acantilados, son muy peligrosos” —nos advirtió la tía Carmen. 
Yo tenía nueve años y mi hermanita siete, nos habíamos resignado a esta tortura china, hubiera sido más divertido venir con papá, el inventaba juegos de la nada. Lo extrañaba mucho, pensaba que sería imposible encontrar algún tipo de diversión en esta playa.
Caminábamos por la arena buscando conchitas de mar, era increíble todo lo que el mar puede llevar a costa, pedazos de red de pescador, maderas con figuras raras, plumas y muchas cosas más. Los pequeños cangrejos corrían a sus huecos asustados por nuestros pasos y por el paso de las gaviotas, que también estas a su vez huyen de nosotros. 
— Maximiliano, ¿por qué no vamos a explorar un poco más haya? —la miro y pienso sobre el lugar que me señala Martina, es la zona prohibida.
— ¡Excelente idea hermanita, total, después de todo tenemos quince largos días para estar aquí, además que nos podría pasar!
Martina era una niña muy alegre y despierta, de una dulzura inigualable, pero a la vez de un carácter fuerte, se irritaba muy fácilmente, muy parecida al de mamá, yo por el contrario era como papá, tranquilo y observador, pero cuando me sacaban de mis casillas me convertía en un león. 
Era un día que el sol se mantenía escondido en las espesas nubes, estaba muy fresco, corría un viento que nos mojaba por efecto de la brisa de mar; haciendo caso omiso a la advertencia de la tía Carmen, nos encaminamos al final de la playa donde el cerro hacia un quiebre dejando una especie de punta de rocas que se unía con el mar, pegado al cerro había un estrecho y peligroso paso por donde se podía llegar al otro lado de la playa, según nos contaba Juan, el mayordomo, muchos se habían ahogado en esta zona pescando, la corriente marina era muy fuerte. Un gran chorro de agua fresca salía de un agujero cayendo de por lo menos diez metros de altura, creaba un llamativo efecto de cascada, agua cristalina que se unía con la salada del mar, era un espectáculo hermoso, nos quedamos observando el choque del agua con las rocas, que producía un sonido especial.
Mi papá nos había contado tantas historias que pasó cuando niño aquí en El Paraíso, que no sabíamos si creerlas o no; nos contó que una vez explorando el otro lado de la playa encontró un barco pesquero varado, hubo un fuerte terremoto y una marejada lo hiso encallar. Cuando descubrió el naufragio la nave ya estaba abandonada; con sus amigos trataron de subir apilándose uno al otro, pero tuvieron que utilizar finalmente una soga, por lo alto.
Durante mucho tiempo fue el escenario de muchos juegos y aventuras, pero al pasar de los años por el efecto de la erosión por el choque de las olas, “El Titanic” como lo llamaba, se fue hundiendo, año tras año, hasta que finalmente quedó totalmente sepultado, sin dejar ningún vestigio de su existencia.
De repente mi hermanita señala al mar y grita:
— ¡Delfines! 
Era una manada de delfines, sus dorsales eran de un color gris oscuro, saltaban longitudinalmente, era muy hermoso lo que estábamos observando, Martina me tomó mi mano y me dice:
— “Hermanito es lo más bello que he visto en mi vida, son lindos”
Nos quedamos hipnotizados mirándolos un buen rato, me dio la impresión de que esos inteligentes mamíferos nos estaban observando, traviesamente saltaban y hacían círculos en el agua chapoteando como tratando de llamar nuestra atención, siguieron así por un buen rato y luego prosiguieron su travesía hacia el horizonte hasta perderse.
Cuando llegamos al otro lado nos encontramos en una pequeña playa de rocas con una imponente cueva, parecía que la marea cubría esta playa por las tardes y tapaba la entrada de esta.
— ¿Martina entremos?
— ¡estás loco Maximiliano! —me respondió asustada.
Yo continué caminando hacia la cueva sin hacerle caso, mi hermana por temor a quedarse sola tuvo que seguirme. Llegamos a la entrada y tome un respiro para darme valor, comenzamos a adentrarnos. Por afuera parecía una cueva pequeña, pero en su interior se veía que era todo lo contrario, lucía misteriosa, profunda y oscura.
Enciendo la linterna de bolsillo que mí “mona” me regaló por mi cumpleaños, es así como le decimos a mi abuelita. Soy miembro del grupo Gama de mi colegio y nos enseñan a siempre estar preparados para cualquier aventura.
Las paredes rocosas eran de un color blancuzco, parecían piedras de cuarzo, se veían raras formas como si hubieran sido talladas por un artista, las sombras dibujaban distintas figuras, una se parecía a una gran mano, como si nos indicara por dónde ir, el olor a humedad era bastante fuerte. Martina no dejaba de tomarme la mano, estaba asustada, yo también.
Mis zapatillas se mojaron con agua que provenía de un estrecho estero que se iniciaba en las entrañas de la cueva; al apuntar al fondo con mi linterna vi como unos pequeños peces casi transparentes con raros brillos nadaban libremente acompañados de unos diminutos camarones que corrían a esconderse de la luz de mi linterna. Unas extrañas y largas puntas blancas sobre el techo hacían caer gotas de agua sobre nuestras cabezas, se podía sentir el olor a fango y humedad. Al lado de una pared de la cueva me llama la atención unas inscripciones, estaban hechas con signos extraños pintadas de un color rojizo, nunca los había visto en ningún libro.
Maximiliano, ¿vez eso? —me dice Martina con voz de pánico 
— ¿Dónde? — ¡Ahí! —me apunta con su dedo casi tiritando. Era una pequeña esfera de cristal, me acerco y la miro con detención.
Era extraño encontrar algo así pero increíblemente no tenía miedo, me agacho para tomarla.
¡Maximiliano es hermosa! — me grita mi hermana —la tomo y me pasa una especie de corriente y suelto la esfera asustado, mi corazón parecía que iba a reventar, esta cae en los pies de Martina. Yo no podía hablar, estaba como congelado. 
Mi hermana ignorando lo que me estaba pasando se agacha a recogerla, pensando que se me había caído, trate de gritarle y advertirle que no la tomara, pero no salina ninguna palabra de mí boca, ya era tarde, la había tomado. Sintió lo mismo que yo acaba de sentir.
La cueva comienza a iluminarse repentinamente, era como si cobrara vida, siento que una energía indescriptible atravesaba mi cuerpo, es una sensación con mezcla de gozo, tristeza, desesperación e inmensidad, percibo toda la vida que hay en la cueva, es como si me hablara. Siento un enorme frio, todo se comienza a nublar en mi mente, mi hermana y yo caímos al piso a la misma vez, era como si un rayo nos hubiera fulminado; quedamos tendidos inmóviles.
Poco a poco abro los ojos y alcanzo a ver la silueta de una figura, es una mujer vestida de blanco, su pelo era largo y plateado, me sonríe dulcemente y me toma la mano, me siento muy débil. Con una mezcla de música en sus palabras inentendibles y una mirada tierna trataba de decirme algo, no podía entender lo que me decía, me pasa una mano por la cabeza y me recuesta sobre sus piernas, acaricia mi pelo, siento una increíble paz,  poco a poco mis ojos se comienzan a cerrar, me voy quedando dormido.
No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando despertamos mi hermana y yo la linterna ya no funcionaba, una tenue luz alumbraba la salida de la cueva, era nuestra única señal que nos indicaba el camino hacia fuera.
Tomo de la mano a Martina y salimos corriendo de la cueva, no sabía cuánto tiempo había pasado. Regresamos a la casa asustados y hablamos de lo que nos había pasado. El mar estaba agitado y las olas hacían sentir su fuerza contra las rocas. Yo estaba seguro que nadie nos creería y lo peor de todo sería que nos castigarían por haber ido al lugar donde nos prohibieron ir.
Mi madre y la tía Carmen estaban preocupadas, nos estaban buscando por todas partes, era muy tarde, no habíamos llegado a cenar. 
— Señora Carmen ahí están los niños  — señala Juan por la playa, corre hacia nosotros dándonos el alcance. 
— ¿Niños donde han estado?, tenían preocupados a todos en la casa. Su madre los va a matar. 
Al llegar a la puerta de la casa, la mirada dura de mi tía y mi madre nos decía todo, luego de escuchar los retos de rigor nos dijeron las palabras finales:
— ¡Están castigados, a su cuarto! 
Con las cabezas cabizbajas y sin que nos dieran la oportunidad de explicar el porqué de nuestra tardanza, nos fuimos derecho a nuestro dormitorio. Realmente estábamos tan cansados que para nosotros fue un premio más que un castigo, no alcance a ponerme el pijama, quede profundamente dormido con la ropa puesta llena de arena.
La luz del sol de la mañana entraba por las rendija abierta de la ventana, se escuchaba el incesante compás del reventar de las olas, pero algo estaba pasando, ese día las escuchaba como nunca antes las había oído, era una melodía que tenía sentido, podía percibir que estas estaban llenas de vida. Martina abre de par en par la ventana, ella estaba percibiendo lo mismo que yo. De pronto un canario se para en nuestra ventana y comienza una melódica y harmónica silbatina.
Martina encantada miraba desde su cama a la diminuta criatura, estábamos extasiados, cuando repentinamente la puerta se abre, el diurno visitante cesa su canto y se marcha rápidamente, era el mayordomo que nos decía que era hora de tomar desayuno, nos cambiamos rápidamente. 
En la mesa la tía Carmen, más tranquila, nos pregunta:
— ¿niños qué les pasó ayer? —mi hermanita y yo nos miramos, dudábamos de contarles la verdad. Ella nunca decía mentiras, finalmente ella les contó lo que nos había pasado, yo miraba callado las expresiones que ponían mamá y la tía. Cuando mi hermana termino de contar lo que nos había acontecido, mamá nos miraba incrédulamente. 
La tía como confundida se toma los lentes nerviosamente.
— ¿están seguros de que fueron a ese lugar?
 — ¡sí tía!, ahí fuimos. — le respondí. 
Con las manos tomó una campanilla haciéndola sonar.
— ¡Juan! —llamaba, vemos aparecer al mayordomo y la tía le pregunta: 
—Juan ¿tú sabías que existía una cueva en esta zona? —y él responde:
—No señora Carmen, “solo hay una pequeña playa de piedras al lado norte de la playa —Martina y yo nos miramos.
Mama te juro que eso fue lo que paso — le dice Martina a mamá
estuvimos en una cueva y vimos a esa extraña señora.
Luego de jurar y re-jurar que era verdad lo que contábamos y que así había pasado, finalmente mi madre termina el acoso. Los ricos panecillos y los huevos revueltos que nos prepararon para el desayuno nos levantan el ánimo.
Mamá podemos salir a jugar a fuera.
Está bien, pero no se metan en problemas por favor
Confundidos salimos al porche de la casa, las olas jugaban con la espuma, se escuchaba el griterío de las gaviotas, el sol nos invitaba a caminar.
Martina eso pasó, no lo soñamos. 
Lo se hermano, todo esto es raro.
Sin decir nada a nadie en la casa decidimos comprobar si estábamos locos o no, nuevamente nos dirigimos disimuladamente hasta el final de la playa, cruzamos la cascada y al entrar a la pequeña playa de piedras, nuestra sorpresa fue mayúscula, “no había ninguna cueva”, estamos sorprendidos, que había pasado, como nos podíamos haber imaginado todo eso. 
De pronto, vemos acercarse a la orilla una manada de delfines, eran los mismos de ayer, comenzaron a saltar y a aletear como tratando de llamar nuestra atención, caminamos con cuidado hasta la orilla de las rocas, y uno de ellos se nos acercó, comenzó a emitir unos sonidos graciosos, de pronto algo extraordinario sucedió, ese sonido se comenzó a transformar en algo entendible, Martina me abraza asustada y me dice:
— ¡Maximiliano! ¿Nos está hablando?
— ¡creo que si Martina!
El gracioso delfín nos decía:
“La vida es hermosa y bella”
Feliz da un salto hacia atrás mojándonos, atónitos aún de lo que acabamos de escuchar, vemos como la manada comienza a revolotear por nuestro lado y a saltar, se veían tan simpáticos, sentía que querían compartir con nosotros algo, pero no sabía que. Luego de revolotear un buen rato, fueron retirándose mar adentro.
¿Hermano que nos ha tratado de decir?
Muevo la cabeza de un lado a otro, no tenía ninguna explicación, algo raro nos estaba pasando, y todo eso se inició en la cueva que solo mi hermana y yo aviamos visto y con la extraña señora que desapareció misteriosamente, mujer que nadie había visto jamás.
No lo se hermana.
Al regresar a la casa, acordamos no contar nada de nada, ya que creerían que estábamos inventando todo esto.
Cuando llegamos a la  casa, con Martina buscamos algo que hacer, al lado de un mueble grande y feo había una repisa con unos grandes libros, había un antiguo álbum de fotos. Lo tomamos y cual sería nuestra sorpresa que al ver su contenido mostraba de El Paraíso un lugar completamente distinto al que se veía hoy.
¡Ah! Que hermosos tiempos aquellos — nos dice la tía Carmen que pasaba por nuestro lado — estas fotos evocan un época hermosa, este lugar era muy diferente, había prosperidad, los campos de cultivos eran fértiles y todos vivían felices, hasta que un día el clima cambio y algo le paso a nuestro rio, los peces murieron y toda las cosechas se secaron sin ninguna explicación, las fértiles tierras se fueron convirtiendo en desierto. La gente comenzó a enfermarse, algunos decían que el agua era mala. Muchas familias no pudieron más y se fueron a la ciudad, otros como yo aún seguimos aquí,  nací en El Paraíso y moriré en El Paraíso.
Los ojos de la tía se nublaron, era como si estas fotos removieran recuerdos de un pasado añorado. Toma aliento y saca fuerzas para mostrarnos su mejor sonrisa.
Cuídenme las fotos, me voy, tengo que hacer.
Gracias tía Carmen 
Una de las fotos nos llamó mucho la atención, había mucha gente y se veía a mi padre portando una antorcha con forma de estrella, era un desfile, en la misma foto se podía apreciar un castillo de fuegos artificiales, en otra se veía a muchos niños jugando en la playa. En otra foto estaba la tía Carmen en una especie de festival con muchos puestos de comida, con un lápiz en la foto estaba escrito “Fiesta de la Virgen del Carmen”.
Esa tarde el mismo canario que nos despertó en la mañana, estaba parado en la cerca de la casa, comenzó a revolotear como queriendo llamar nuestra atención, de hecho lo había logrado. Nos lleva con su vuelo al costado de la casa, donde hay un pasadizo y se para arriba de un costal de semillas, con su pequeño pico toma algunas, y vuela directo hacia lo que fuera un jardín hace muchos años, ahí deja las semillas. 
Súbitamente sus silbidos se convirtieron al igual que los sonidos del delfín en música, era algo comprensible:
“Siémbrenlo y crecerá”
Mi hermana y yo quedamos con la boca abierta, definitivamente no estábamos alucinando, nuestro pequeño amigo se fue volando entonando una maravillosa y armoniosa silbatina.
¿Y ahora qué hacemos?
Martina levanta los hombros y obediente hizo varios agujeros en el árido jardín, puso las semillas en ella como nos ordenó el canario. Fui por una regadera con agua y las rocié, Juan el mayordomo nos vio:
 – ¡Niños, aquí no crece nada, no pierdan el tiempo en eso y mal gastando el agua! —No preste atención a lo que nos decía Juan.  Terminamos y nos fuimos a jugar a la playa, estábamos felices, era increíble todo lo que nos estaba pasando.
En la playa nos encontrarnos con más niños de nuestra edad, estaban sentados en el malecón, eran 4 hermanos, su mamá los veía desde la puerta de su casa. Inmediatamente nos hicimos amigos y comenzamos a jugar. Eran buenos niños, inventamos juegos, nos reíamos de todo. Sus padres eran muy buenos amigos de mi padre, nos invitaron a su casa a comer un delicioso dulce de leche que había preparado su mamá. 
¿Hermano les contamos lo que nos pasó?
No lo sé Martina, ¿tú que piensas?
 Van a pensar que somos raros.
Finalmente decidimos mantener en secreto nuestra loca aventura y no contarles nada, era lo mejor. Cuando regresamos a la casa no dejábamos de hablar de nuestros nuevos amigos.
Por la noche le pedimos a la tía Carmen que nos preparara un pie de manzana, su especialidad.
se los hago con una condición.
— ¿cuál tía? —Preguntamos a coro — ¡que me ayuden a prepararlo!
Nos quedamos hasta tarde saboreando el rico pie de manzana escuchando las historias que nos contaba la tía sobre nuestra familia y cuan hermosa había sido esta playa antiguamente, llena de alegría. Finalmente terminamos cansados y nos queríamos retirar a descansar, parecía que el inconveniente de la cueva había quedado atrás. Eso creía, hasta que la tía pregunto:
¿Y no pasó nada raro hoy día?
No tía — me adelante a responder, ya veía a mi hermana contarles lo de las semillas y también lo del delfín.
Finalmente nos fuimos a dormir; por la mañana cuando salimos a jugar, Juan nos llamó, estaba muy acalorado e indignado: 
¿niños me están tratando de hacer algún tipo de broma? —Martina y yo contestamos —no Juan, de ninguna manera. 
Refunfuñando nos dice — bueno y ¿de qué se trata todo esto? —nos señala el jardín. Martina y yo nos quedamos con la boca abierta, las semillas con tréboles y pasto que habíamos sembrado ayer habían crecido. Juan se retiró emitiendo balbuceos que no entendí.
¿Hermana que está pasando?
No lo sé Maximiliano, esto es muy raro, como pueden haber crecido tan rápido, además que vamos a decirla a la tía, que un pajarito nos dijo que lo hiciéramos. Ni locos.
Como tratando de no darle importancia a este hecho salimos a jugar nerviosamente, preocupados, buscando en nuestras cabecitas alguna respuesta racional. Afuera estaban nuestros nuevos amigos, se unieron unos mellizos, eran tan distintos, uno era tranquilo y el otro parecía hiperquinético, el grupo de amigos se iba agrandando increíblemente. El día estaba caluroso y nos invitaba a todos a bañarnos en la playa, se podía apreciar que el mar estaba tranquilo, se habían formado unos bancos de arena que nos permita caminar hasta el fondo. Uno de los mellizos comenzó a bailar alocadamente y luego se sumergía.
— ¡hay! — gritaron las chicas. Tenía un enorme cangrejo en sus manos, comenzó a asustar a todos. Alberto con sus muecas y risotadas no dejaba de mostrar el crustáceo, era tanto el jolgorio que no se dio cuenta que venía una contra ola y él estaba en punto de colisión, de pronto “Splash”, se escuchó el choque de las dos olas, Alberto desapareció.
¿Dónde está?
No lo se
Ahí — aprecia una cabeza con un cangrejo agarrado del pelo del loco Alberto.
¡Sáquenlo!, ¡sáquenlo por favor! —gritaba.
Ahora las que se reían eran las chicas. Con tanto salto y bailoteo finalmente el asustado cangrejo regreso al agua.
Todos regresamos a la playa, no parábamos de reír, realmente fue muy divertido. Hasta el mismo Alberto se reía de sus payasadas.
Niños a almorzar — Era Juan el mayordomo, llamándonos. 
Nos despedimos de todos y partimos a lavarnos y cambiarnos para almorzar. Ya sentados en la mesa el rico olor al pescado frito no podía pasar inadvertido, se podía saborear en el ambiente, era una bendición vivir cerca al mar.
Por la tarde me encontré en el malecón con los mellizos y comenzamos a jugar, ellos estaban en la arena y yo parado en la baranda, cuando una abejita comienza a volar alrededor mío, me parecía que estaba danzando alrededor mío, en eso veo que se cerca de mi oreja, me asusto, de pronto el zumbido de sus alas se convierte en un armonioso sonido y escucho que me dice:
“En todos los jardines de El Paraíso, semillas sembraras”
Volvió a revolotear sobre mi cabeza y se pone frente a mí, creo que me mira, es tratando de tener una confirmación, creo que quiere saber si he entendido el mensaje. Yo estaba con la boca abierta, solo atine a mover afirmativamente mi cabeza, que más me podía pasar.
¡Chicos vieron eso! 
¿Qué? — me responde uno de los mellizos.
¿No escucharon a esa abejita?
 ¿Qué abejita? — me responde Alberto, decidí no insistir. Entendí que seguíamos siendo con mi hermana, los únicos que escuchábamos voces de los animales y veíamos gente en cuevas que no existían. 
—Chicos nos vemos más tarde. — tenía que ver a Martina.
Me faltaron piernas para correr a buscar a mi hermana y contarle lo que había pasado. Cuando la vi le conté lo que paso.
Tenemos que hacer lo que la abejita te dijo 
Mi hermana estaba decidida a seguir al pie de la letra lo que la abejita me dijo, fuimos primero por el costal de semillas y lo llevamos corriendo a donde se encontraba Juan.
— ¡Juanito, por favor, ayúdanos a sembrar estas semillas en el resto del jardín y en los jardines de todas las casas de la gente en la playa!
— ¡Están locos! —Juan puso una cara de pocos amigos — ¡te lo suplicamos, por favor, por favor! —insistíamos.
Luego de tanto suplicar, Juan finalmente a regañadientes accede a ayudarnos. Con nuestras palas y picotas fuimos casa por casa pidiendo permiso para sembrar las semillas. Los vecinos pensaban que era una de esas locuras de niños, al final que tenían que perder.
Todos nuestros amiguitos se unieron a nuestra cruzada, haciendo más entretenida la tarea, todos comenzaron a ayudar. Cuando el sol se estaba poniendo estábamos terminando, en todas las casas las mamas se contagiaron del nuestro entusiasmo, nos ofrecieron limoná y pastelillos, fue una divertida tarde.
¿Por qué hacemos esto?—Preguntaba Bertha
—Es que… —le tape la boca a mi hermanita.
—Es que así las casas se van a ver más lindas — contesto.
—Ah — Bertha no quedo satisfecha con la respuesta que le di, nunca había visto un jardín bonito en la playa.
Nos despedimos todos y nos fuimos a nuestras casas. El único que refunfuñaba era Juan el mayordomo que estaba cansado, pero al final él nos ayudó, y mucho.
Luego de cenar Martina y yo, ya no teníamos fuerzas para jugar o charlar, caímos cansados, prácticamente nos dormimos en la mesa.
¿Qué hicieron los niños? — le preguntaban al mayordomo
“Si le contara señora”.
Las olas del mar reventaban una tras otras, jugaba a contarlas, pero mi cansancio era más fuerte, no sé cuándo me quede dormido.
Temprano por la mañana, la puerta de la casa se caía por los golpes desesperados de los vecinos, querían hablar con la tía Carmen.
— ¿Qué pasa? —pregunta la tía
—Mira los jardines Carmen —le dicen los vecinos, mi madre y la tía vieron con asombro que en todas las casas habían florecido tréboles y pasto en sus jardines.
— ¿Pero cómo es posible esto? —pregunta la tía sorprendida.
— ¡Tus sobrinos y los otros niños lo hicieron, ellos plantaron las semillas!
¿Pero eso es verdad?
Si señora yo mismo los ayude — responde el mayordomo.
—Las sembramos ayer tía Carmen — Agrega el pequeño Alberto, que se sentía parte de este alboroto.
Es un milagro — repetía la mamá de Bertha
Tiene que haber una explicación científica — decía el papá de Alberto que era un Ingeniero Agrónomo.
Es imposible — repetía la señora Leti.
Deben haber sido una de esas semillas especiales hechas por los gringos o los japoneses — decía don Jorge, el Coronel en retiro. Todo el mundo quería respuestas. Finalmente así como llego la gente se fue, con cometarios y razones increíbles de lo que había pasado. Como era de esperar mi madre nos lleva a dentro de la casa. Su cara lo decía todo: 
— ¿Cómo diablos pudieron hacerlo, cual es el truco?
—No lo sabemos, solo paso — le respondí.
Ella no nos creía, trataba de buscar una explicación lógica, pero no la había. Una magia inexplicable y maravillosa realizó un milagro en esos jardines áridos de todos los vecinos de El Paraíso, al final que mal habían hecho, era todo lo contrario, no nos podían castigar por algo bueno que no tenía explicación.
Fue una mañana rara, mezclada de alegría e incredulidad de lo que estaba pasando, afuera reunido con mis amigos, no dejamos de admirar lo lindas y diferentes  que se veían las casas. 
Mi hermana y yo pensamos que todo había terminado, pero estábamos equivocados, esto recién comenzaba.
Las cosas raras no dejaron de suceder ese día, en la tarde, una pequeña vizcacha se fue acercando poco a poco en donde estábamos jugando. Comenzó a dar saltos sobre mis pies, me asuste, pensé que me quería morder.
Mis amigos se reían, ya que estaban acostumbrados a ver a esos animales, pero este extraño animal se sentí feliz y no me tenía miedo, se subió a mi hombro, se me paso el miedo, era muy tierno,  y al igual que los otros animales un sonido raro comencé a escuchar y pronto ese sonido se convirtió en palabras:
“Rosas en El Paraíso deberán crecer, pero de la única viva, patillas deberás cortar, y en todos los jardines una plantar”
¿Escucharon eso? — grite
¿Qué?
La vizcacha, ¡hablo!
¿Qué te pasa Maximiliano?, las vizcachas no hablan —me dice patricia.
—Pero esta sí.
La alborotadora Vizcacha levanto la cola y como si no le importara nada se apartó de mi lado y se dirigió al cerro. Mis amigos seguían jugando como si nada hubiera pasado.
Alberto no escuchaste nada
Maximiliano te digo que no
 Martina pero ¿tú? — tímidamente movió la cabeza afirmativamente, como si no quisieran que el resto la viera, pero si la había escuchado.
Ellos no me ayudarían, estaban muy entretenidos jugando a la pluma del castigo en la arena; lo primero que tenía que hacer es ir a preguntarle a mamá que era una patilla, así que tome de la mano a Martina y fuimos corriendo a la casa dejando a nuestros amigos:
— ¿Mami qué es una patilla? y ¿cómo las sacábamos de las rosas?
Ella se rio y nos explicó que estas eran unas ramas pequeñas salientes del rosal y que se cortaban de una forma especial; estas después plantadas crecerían formando nuevos rosales.
Estábamos terminando de cenar cuando tocaron la puerta, Juan fue a abrir, era Alberto y su hermano, saludó a todos.
Tía le da permiso a Maximiliano para jugar un rato en el malecón —En El Paraíso todos los menores nos tratábamos como primos, y con mucho respeto a los mayores les decíamos tíos y tías.
—No sé si su mamá querrá.
—Bueno solo un rato —  responde mi madre.
No lo pensamos dos veces y salimos corriendo afuera, había una luna llena espectacular; decidimos ir a la arena. Alberto hiso un pequeño agujero, la arena aún estaba tibia. Juntamos unas pequeñas maderas y cáñamos y encendimos una fogata, llego Bertha con sus hermanos, Martina trajo unos marshmelos y con unos palillos los pusimos al fuego; los ocho amigos disfrutábamos de la noche, el mar, la arena y las estrellas.
El fuego se estaba consumiendo, todos nos echamos en la arena, las estrellas deleitaban nuestros ojos, podíamos tocar el cielo; de pronto escuchamos un sonido, era una especie de zumbido,  algo se estaba quemando, era un meteorito que caía del firmamento,  se sintió un extraño sonido, igual a cuando un metal caliente  lo colocas en agua fría. Había caído en el mar, al lado de las “Tres Marías”, unos peñascos situados en el centro de la playa. Todos quedamos admirados, fue un espectáculo impresionante. No dejábamos de especular con teorías realmente locas, sobre él por qué había caído ahí, finalmente nos despedimos y fuimos a contarles a nuestras familias lo que habíamos visto.
A la mañana siguiente tomamos unas tijeras de jardín y nos dirigimos a la casa de la Tía Charo, ella tenía el único rosal en la playa. Le pedimos permiso para cortar algunas patillas de su rosal.
—Niños ustedes han hecho que mi jardín se vea lindo y verde, no sé cómo. Por favor, saquen lo que quieran.
Luego de cortar las patillas con la ayuda de Juan el mayordomo, nuestro cómplice secreto, procedimos a plantar, una a una, en cada jardín de los vecinos. Al igual que las ves pasadas terminamos tan cansados que apenas pudimos sostener nuestras cabezas durante el almuerzo.
Tanto fue nuestro cansancio que nuestros amigos nos vinieron a buscar y mi madre no nos pudo despertar, era como si nos hubieran drenado la energía de nuestros pequeños cuerpos.
Ese día no cenamos, pasamos corrido durmiendo hasta el día siguiente, ni siquiera tuvimos fuerzas para ponernos el pijama.
Por la mañana el sol toco nuestra ventana, luego de tomar desayuno salimos a caminar por el malecón. La sorpresa que nos llevamos al salir fue tremendamente espectacular, milagrosamente todas las casas tenían un robusto rosal en sus jardines y además de esto algunas casas que tenían troncos secos, estos amanecieron verdes y frondosas; los pájaros y los insectos revoloteaban por todos los jardines como celebrando este acontecimiento de la madre naturaleza.
Esta vez los vecinos no vinieron a golpear la puerta, por el contrario, se quedaron admirando lo bella que se veía la playa.
El Paraíso había cambiado, se había transformado en un sitio lleno de vida, hasta la gente se sentía diferente, estaban llenos de alegría. La tía Carmen decía que era un milagro y mi madre afirmaba que algo extraordinario e inexplicable estaba sucediendo; era como si la madre naturaleza se hubiera vuelto loca y estuviera ejerciendo todo su poder en este lugar olvidado de la tierra.
Martina y yo veíamos esto muy divertido, aunque no teníamos idea de cómo estaba pasando, si teníamos idea de porque había pasado, lo único que habíamos hecho era obedecer a los animales.
La tía Carmen luego de hablar con los vecinos, que no dejaban de decir que este era un milagro, nos pidió pasar a dentro de la casa. Saco unas galletas y preparo unos refrescos, estábamos en un jardín dentro de la casa, este al igual que afuera, se veía hermoso, lleno de flores. Luego espero el momento adecuado y nos comenzó a preguntar:
¿Hay algo chicos que me estén escondiendo y me lo quieran decir ahora, antes que sea mas tarde?
La conversación fue interrumpida por Juan.
—Señora Carmen, hay mucha gente arremolinada en la playa, al parecer hay un gran pez varado en la arena.
Martina y yo salimos corriendo para ver qué pasaba, al llegar a la playa mi corazón sintió como un látigo que lo partía en dos. Un bello delfín de tres metros yacía tirado en la arena, estaba atravesado por una lanza de pesca y enredado en una red de pesca, mi pobre hermana gritó de pena y llorando regresó corriendo a la casa, ella sabía que era el delfín que nos habló. Un pescador se acercó y con la mayor frialdad sacó un enorme cuchillo y trató de pinchar al delfín para ver si efectivamente estaba muerto. Por estos lares se acostumbraba capturar a estos inteligentes animales para sacarles las aletas y preparar un plato llamado mushame.
— ¡No!– grité —mi madre se sumó a mi reclamo — ¡no ha escuchado lo que le dijo mi hijo!, no toque al delfín.
La gente comenzó a mirar mal a aquel hombre que no pertenecía a ninguna casa de El Paraíso ni del pueblo. Mi corazón sintió que fue él, el causante de la muerte del delfín. Al pescador no le quedó otra cosa más que hacer y retirarse, sabía que no podría hacer nada contra semejante tumulto, pero en sus ojos había mucho odio. En todo el caos un vecino consternado dijo
—Enterremos a este pobre animal —Juan apareció con una pala y otros se sumaron a ayudarnos para hacer un hoyo al costado del malecón. Luego de enterrarlo, una tristeza increíble me embargaba y Martina no dejaba de llorar en la casa, no podíamos explicarles a la tía y a mama la razón de su llanto. Ellas pensaban que era una niña sensible.
Muy tarde esa noche, mi hermana finalmente se durmió y yo al lado de ella. En mis sueños vi un hermoso Halcón que volaba sobre la copa de los árboles, era hermoso, verde por todos lados, lleno de flores y pequeños animales; pero al fondo había un lado oscuro, veía unos hombres que tiraban en la tierra unos cilindros, habían cientos de estos. La anciana que me dio la mano en la cueva estaba en una loma mirando lo que estos hombres hacían, lloraba tristemente, de pronto sentí como un rayo, ella me miraba a los ojos fijamente… me desperté de un salto, mi corazón palpitaba desenfrenadamente, parecía reventar. Desperté a Martina y le conté mi sueño, ella estaba sorprendida, me dijo que tuvo el mismo sueño. Ya estaba amaneciendo, nos quedamos conversando, hasta que finalmente vino mamá a avisarnos que el desayuno estaba servido. 
Ese día mí madre iría a hacer algunas compras al pueblo, Martina y yo le pedimos acompañarla, a mitad de camino levanto la mirada al cielo y veo un halcón, comenzó a dar círculos sobre el vehículo y luego nos comenzó a seguir
—Hermana ves lo que yo veo arriba 
—sí, es el mismo halcón de mis sueños
Adelante en el lado derecho de la pista se veía un camino de tierra, Mi hermana y yo gritamos al mismo tiempo: 
— ¡Mamá para, entra a ese camino, por favor! —era algo que sabíamos que teníamos que hacer, no lo podíamos explicar. Mi madre freno bruscamente y nos miró.
¿Qué pasó?
Mamá, tenemos algo que contarte, pero tienes que prometernos que nos creerás por más loco parezca lo que te vamos a decir.
Te escucho Maximiliano.
Le conté todo, parecía un tren desbocado tratando de darle detalles de todo lo que nos pasó, Martina me ayudaba, le contamos rápidamente del encuentro con la extraña mujer, los animales que nos hablaban y nuestro sueño. Nunca vi esa cara de admiración a mi mamá, nos miraba y no decía nada, era como si tratara asimilar todo lo que le contamos, lo pensó y entro al camino.
—Debo estar loca por hacerles caso.
Al fondo se veía un pequeño cerro y en la cumbre se veía vestigios de vegetación, el camino era malo, a medida que avanzábamos comenzaron a aparecer grandes árboles, era increíble que esto existiera aquí; pero cuando llegamos a la cima, el asombro fue mayor, había un hermoso bosque, la neblina que era arrastrada por los vientos alisios se estrellaba contra estas montañas, este mágico encuentro traía humedad y provocaba una explosión de vida en lo que debería ser un desierto, creando este pequeño, pero maravilloso ecosistema, que había subsistido por cientos de años.
¡Que hermoso! —exclama mamá.
En una loma se veían ciervos corriendo, aves de todo tipo cantando, una pequeña ardilla jugueteaba saltaba de árbol en árbol, por el suelo corrían lagartijas y salamandras de vistosos colores, paseaban sin miedo.
De nuevo el Halcón llama la atención con sus chillidos, era como si tratara de decirnos algo o llegarnos a un lugar.
Sigámoslo — Nos dice mamá.
El Ave como si supiera la decisión que mamá había tomado, nos conduce a un lugar, al llegar se puede apreciar un gran agujero, al fondo vimos que yacía sin vida un pequeño ciervo.
El Halcón se alborota y su chillido se transformó en una especie de sonido, y estos poco a poco se transforman en palabras, al igual que los otros animalitos comienza a tomar sentido sus gritos:
”Hombres malos, a matar el bosque vienen, solo muerte dejan”
Miró a mi hermana y a mamá
— ¿escuchaste eso Maximiliano?
Sí– le contesto a Martina.
¿escuchar qué? — pregunta mamá.
Mi madre por supuesto no escucho nada, pero estaba concentrada en horrible escena; con su teléfono celular decide sacar algunas fotos de esos extraños cilindros que estaban al lado del cadáver del pobre ciervo, mira su reloj y nos dice:
—Chicos no hay nada que podamos hacer, es hora de irnos, se está haciendo tarde.
De regreso para tomar el camino a la ciudad le contamos lo que oímos del Halcón.
— ¡Hijos me van a volver loca, que está pasando, no entiendo!
—Nosotros tampoco mamá.
El camino hacia el pueblo fue como un velorio, nadie hablo. Cuando llegamos a casa, nuestra sorpresa fue enorme, papá estaba ahí, lo abrazamos y como unos loquitos, trabándonos con nuestras palabras, tratamos de explicarle todo lo que nos había pasado, “nuestras extraña aventura”. Él nos escuchaba atentamente; cuando terminamos él nos contó: 
— “Cuando estaba niño a mí me gustaba explorar así como ustedes, llegaba a lugares por donde no debía andar por mi corta edad. 
Un día decidí caminar por unos riscos, casi me caigo a un precipicio, pero una señora apareció de la nada, me dio su mano y me salvó de una muerte segura. Su pelo era cano y largo, estaba vestida de blanco, como la que ustedes vieron. Yo en agradecimiento le ofrecí de mi mochila unos panecillos y agua. Cuando estaba recogiendo las cosas para irme, voltee y ella ya no estaba, no la veía por ningún lado, se había literalmente esfumado, así como apareció se fue” 
Mi hermana y yo estábamos con la boca abierta, admirados de su relato, papá nos mira y de su bolsillo saco algo 
— “Pero ella me dejo esto como regalo” —era la misma pequeña bola de cristal que teníamos Martina y yo; papá prosiguió relatando.
— “Durante muchos años, los animales venían hacia mí y me decían cosas. Yo al principio pensé que era mi imaginación o que me estaba volviendo loco, luego me di cuenta que no era así. Con mis mejores amigos hicimos muchas cosas que estos animales me pedían hacer, por lo visto ahora, esa responsabilidad ha pasado a ustedes”.
La tía Carmen, se pone pensativa y nos dice a todos: 
— “Antiguamente la gente que vivía por estas tierras era muy distinta a la gente de ahora, el mundo para ellos era como una nota musical, se mantenía afinada y armoniosamante en sintonía con el resto del universo; ellos solo tomaba lo que necesitaba de la naturaleza, no existía pobreza, riqueza ni hambruna, era un mundo mágico…”

— Ésta es una historia que ha corrido de boca en boca durante siglos aquí en la zona, se dice que una mujer como la que describen ustedes, vivió en unas montañas llamadas “Lachay”. Ella perteneció a una tribu de seres muy especiales, se les conocía como “Los protectores”. Ellos sobrevivieron al acecho de los hombres del este, cuando ellos llegaron se escondieron y vivieron en lugares apartados como Lachay, al igual que sus ancestros en perfecta armonía con la naturaleza, se dice que se comunicaban con las plantas y con los animales. Se preocuparon de alimentar su parte espiritual buscando como ser parte del universo, se dice que llegaron a tener control sobre las cosas materiales. El bosque donde vivían era un paraíso y ese balance con la naturaleza se mantuvo así por cientos de años.
Su sabiduría llego a tal nivel que se dice decidieron viajar por el espacio y así evitar la muerte; uno a uno se fueron marchando, hasta quedar solo ella, la última protectora.
Esta mujer amaba tanto su bosque que decidió quedarse, ella quedó rondando por este. Luego llegaron unos hombres inescrupulosos que descubrieron el hermoso bosque, al principio quedaron maravillados, pero en lugar de cuidarlo la avaricia y codicia prevaleció en sus almas, comenzaron a talar sus árboles, con el ganado que trajeron destruyeron sus pastizales y la caza indiscriminada terminaron matando a casi todo animal viviente del bosque.
Mi papá, Martina y yo quedamos hechizados, pero tristes con esa historia.
—Tía Carmen por qué nunca me la contaste 
—Pensé que lo había hecho —le responde a mi papá.
—¿Papá que vamos hacer? —le dice Martina preocupada.
—Hijos descansen mañana será un largo día.
Por la mañana mi padre nos levantó a todos temprano y nos llevó a la estación de policía; gracias a las fotos que tomó mamá se pudo identificar a los dueños de los bidones tóxicos. Con esta acción se pudo detener finalmente el envenenamiento del bosque y obligar a retirar todo los desperdicios que esta empresa inescrupulosa había enterrado durante años en Lachay.
Con la ayuda de la tía Carmen, nuestros padres y un grupo de amigos amantes de la naturaleza nos dedicamos a revivir Lachay, con el tiempo conseguimos hacer que el gobierno declarase este lugar como “Reserva Natural”, no fue fácil, pero lo logramos finalmente.
Poco a poco este pequeño paraíso ha comenzado a revivir, pero tomará muchos años más para tomar su verdadero esplendor.
He aprendido a amar y a respetar a la naturaleza tratando de enseñar a otros lo importante que es cuidarla y lo frágil que puede ser su ecosistema. Muchos tenemos que aprender a entender que la Tierra es nuestro hogar, un pequeño jardín lleno de vida, en este vasto universo.
Han pasado muchos años desde que nos sucedió esta extraordinaria aventura; cada cierto tiempo regresamos a “El Paraíso”, las casas siguen igual, con sus jardines esplendorosos y el mar imponente nos recuerda lo maravilloso que es nuestro planeta.
En “Lachay” la naturaleza nos da una oportunidad para enseñarles a nuestros hijos lo esplendorosa que es la vida, que en el mundo no hay avión que se compare al vuelo de los pájaros, o submarino que pueda hacer lo que hacen los delfines o ballenas, radar que pueda funcionar como funciona el complejo radar natural del murciélago. Siempre hemos tratado de imitar o copiar rápidamente lo que a la naturaleza le ha tomado perfeccionar durante millones de años.
La tía Carmen ya no está con nosotros, pero sé que en espíritu acompaña a esa señora milenaria por los bosques, que ambas nos mira con esperanza, porque saben que aún podemos cambiar la forma en que algunas personas sin sentido están destruyendo nuestro mundo, que cada esfuerzo que se haga por no dañarla será en beneficio de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos

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